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Ginebra.
El bar gay cuya apertura esperaba ayer resulta ser un nidito bohemio agradable y sencillo. Me gusta la música, la luz y enseguida me siento cómodo con la gente que hay dentro. Me instalo en una mesa. A mi derecha un chico que lee un libro. A mi izquierda más inmediata una chica que come una especie de cosa con una pinta asquerosa pero sanísima. A la izquierda más allá una pareja de lesbianas muy bonicas.
Todos excepto el chico que lee estamos dispuestos físicamente de forma abierta a la barra haciendo una especie de semicírculo. Detrás de la barra una chica de trato muy agradable y dos clientes que, enseguida noto, son los personajes principales de la comedia que está a punto de empezar. La propia composición del cuadro lo sugiere.
Uno de esos personajes es una mujer robusta con pinta de haber llevado mala vida y el otro un hombre negro claramente ebrio o en todo caso, como dicen los franceses, “sin luz en todos los pisos”.
El ambiente es extremadamente agradable a pesar de que entre sus elementos (la luz, el sabor del vino blanco que tomo y la música calurosa y sencilla que escucho) empiezo a oír una discusión proveniente de la barra. La camarera le está diciendo al hombre que le parece muy desagradable lo que le está diciendo. Se lo dice como quien habla a un amigo.
Poco a poco se eleva el contenido de la conversación, que no el tono, y la camarera le dice al hombre que "ya le está rallando" y que acabe su consumición y se largue. Entonces el hombre en lugar de irse empieza a pedir perdón y a alargar la conversación. La señora vivida de la barra interviene entonces y le pide también que se largue. Entonces el hombre vuelve con su etílico perdón y anuncia con dedo acusador que se va, no sin antes informarnos de que sabe lo que está pasando ahí: “Rengo que deciretero… Re has abugueresado”.
La camarera le mira con paciencia pero con una mirada semi-vacía que sugiere “no tengo más preguntas señoría”. Entonces la mujer vivida eleva el tono y le dice al hombre, decisiva: “¡Que te largues!”.
Y el hombre se va.
...
La primera en intervenir tras un breve silencio es la que come la cosa rara a mi lado. Dice “bravo”. Y al mirárnosla todos con interrogación se siente obligada a explicarse: “Por echarle. Has tenido mucho temple”. Las lesbianas están de acuerdo. Una de ellas dice que en situaciones como las acabadas de observar nadie se siente capaz de actuar pero que a la hora de la verdad actúas.
La mujer de la barra nos cuenta el detonante de la discusión. Al parecer todo iba bien hasta que el hombre ha dicho que "estaba seguro de que si la camarera fuese su mujer, le pegaría". Ahí la camarera se ha irritado y a pesar de los esfuerzos romántico-matizantes del hombre que ha añadido que "de todos modos, está seguro que se querrían tanto que la camarera no le denunciaría nunca a la policía", la chica se ha cargado optado por la intransigencia y ha empezado a echarle.
Al oír la historia completa la conversación del bar se convierte en un acalorado cineforum entre feministas, hacia el final del cual decido dirigirme a la barra a pagar ya que he quedado a las 19h en el centro con el chico que me alberga en Ginebra. La camarera hace su trabajo sin dejar de hablar con indignación del tema y al ver que después de haber pagado no me voy me dedica junto a la mujer vivida una mirada que significa “¿Qué quieres, sucio hombre?”.
Yo pido el nombre de una canción que ha sonado y su intérprete. Se trata de “Faites pas ci, faites pas ça” de Jacques Dutronc y me voy del bar preguntándome cuando tendré la oportunidad de escucharla en internet.
En la foto: la mujer vivida



