domingo, 2 de mayo de 2010

10 de Enero de 2010 (2) ...O CRUZ NECESARIA Y PODRIDA?

















París.
La expedición gay fue desoladora. El Marais fue una vez más incapaz de convencerme de sus encantos. Si lo vuelvo a visitar tendrá que ser con alguien que lo conozca bien.
Herré de una dirección para otra, unas veces encontrando sitios cerrados, otras en obras y otras no acordes con mis gustos. Me acabo estableciendo en “Le Scarron” un pequeño bar intimista-barroco-felpa-roja con unas 6 mesas y 2 camareros. Uno de ellos, visiblemente el amo del local, un cliente asiduo de gimnasio de algo más de 30 años. El otro, continuamente humillado por el patrón, una drag queen negra. Sin ánimos de sarcasmo, debe tener cojones tener que ser divertido con los clientes en esas condiciones.
La mesa de mi izquierda estaba ocupada por un grupo interesante. Se componía de tres chicos muy jóvenes y muy guapos y dos cuarentones ni jóvenes ni guapos. Uno de estos últimos, tal y como supe al conocerles, es un inmigrante colombiano de segunda generación de aspecto simplón que no habla ni jota de español y que se emperraba en hacerlo en inglés como regido por una extraña ley de compensación. El otro era una especie de Xavi (mi inimitable amigo de Barcelona), aunque se me ocurre que aún más hábil y con más margen de éxito.
Este fue el que se dirigió a mí y me invitó a que me sentara con ellos. La dinámica del grupo, e incluso del bar en determinado momento, funcionaba como una especie de corte en que el rey era el joven guapo y soltero y los más altos nobles los dos otros jóvenes emparejados.
A cada plebeyo su estilo de vasallaje personal. Proporcionadas por el jefe cachas, humilde servidor de sus Altezas las Flores de Mayo, las bebidas gratuitas corrían cual riachuelo desde la barra como si no fueran en vaso.
La pleitesía del colombiano se manifestaba de forma más estúpida y mucho menos compleja. Sencillamente no paraba de lamer torpemente con flashes a los chicos con su móvil última generación.
El cuarentón hábil, por su parte, agasajaba indirectamente al rey. No dudó en aprovechar el tema de Barcelona, que mi presencia sugería, para nublar las miradas tal vez materialistas de su público, al hablar de las excelencias del hotel Ars.
Luego, sin previo aviso, pasó a tratar a los barceloneses de drogadictos y me preguntó jocosamente si llevaba coca. Yo puse cara de duda, miré a derecha e izquierda rápidamente como para crear misterio, me palpé los bolsillos y la ropa todo lo teatralmente que fui capaz y susurré “Mierda, me la he dejado en casa”.
Esta tontería divirtió audiblemente a su alteza y sus excelencias, que no al cuarentón hábil que me propinó una mirada hostil. No tardó ni dos minutos en anunciarnos que tenía entradas para Queens, la disco gay más famosa de París.
CUATRO entradas…
Era un astuto primer ministro.
Ahora me da risa al recordarme sentado en esa situación cuya razón de ser era la celebración del 18 aniversario de uno de los guapos emparejados, que a juzgar por las caricias que me propiciaba clandestinamente me quería como regalo.
Situado fuera de juego por esa especie de Godoy parisino volví a casa de Hélène cuando cerraron el bar. Para mi enorme alegría y sorpresa, la fiesta continuaba y faltaban apenas tres personas con respecto a cómo la había dejado. Continuamos cantando y riendo hasta las 6 y media de la mañana.
Foto: Le Scarron vacío.

lunes, 26 de abril de 2010

10 de Enero de 2010. ¿CARA RISUEÑA PERO CASTA...



20h. París.
Los días en París están resultando reveladores. Tengo mucha suerte de haberme podido quedar en un piso de estudiantes y sobre todo en este en concreto.
Mi amiga Hélène vive con dos chicas griegas, Georgia y Theresa, que conoció en la Cité Universitaire, una residencia universitaria internacional que alberga a estudiantes de doctorado por casas nacionales. Además de intelectuales, estas griegas son cálidas, divertidas y de las personas más interesantes que he conocido en mucho tiempo. El piso desvela enseguida todo eso. Decoración pintoresca y descuidada, objetos frikis como una tostadora que tuesta “I love you” en el pan, una lata de salchichas de hámster de broma colocada entre las demás conservas de la cocina que siempre hace reir a los que conocen el insider y libros, libros por todos lados: de filosofía, de psicología, literarios y incluso de teología… Pero también revistas Elle y comics. Estos últimos parecen elegidos con criterio cuando les das un vistazo.
El viernes llego a este piso de la Gare de l’Est para encontrarme a una Hélène contrariada, conflictuada y jodida por temas amorosos. Salimos y me lo cuenta todo.
Ante la necesidad de animarse un poco Hélène organiza una fiesta de tranquis para el sábado por la noche. Cuando me lo dice yo llevo ya un rato elaborando mi follomapa. Es decir, llevo un rato marcando sobre un mapa de París, con la ayuda de Google y Google Maps, algunos sitios gayers interesantes para conocerlos por la noche. Le digo a Hélène que me quedaré a su fiesta a tomar algo y luego me iré.
Y esa noche resulta verdaderamente paradigmática con respeto al único motivo por el que nunca me quedaría a vivir en un sitio pequeño como Grenoble: la necesidad de un mundo explícitamente gay por podrido que esté.
En una sola noche paso de estar acompañado por un grupo de gente estimulante y viva no reunida por algo anecdótico como el instinto sexual sino por afinidad, a la frivolidad vacía, nociva e irreal del ambiente gay.
Desgraciadamente, la fuerza de la estadística hace que en ese primer ambiente dado naturalmente por afinidad el índice de chicos que puedan darme lo que mis instintos piden sea escaso sino inexistente.
En esa fiesta me reí como casi nunca me he reído. Los griegos tocaron instrumentos, algunos rarísimos, cantamos canciones y hablamos de muchas cosas entre ellas de mi viaje. Mi pizarra blanca a lo sordomudo les hizo mucha gracia en concreto…
Les parecí cómico incluso cuando con más vehemencia hablaba. Fui la causa involuntaria de estruendosas risas cuando hablando de lenguas expresé mi indignación ante la palabra francesa “pastec”(sandía). Decía yo: ¿Cómo puede una palabra fracasar tanto al tratar de evocar algo exótico, rojo y bueno como la sandía? Sandiiiaaa, en castellano sí se evoca, pero ¿"pas-tec"?...
Cuanto más se reían más serio hablaba yo y en consecuencia más se reían ellos. Y al final acabé haciéndome gracia hasta yo.
Fue duro coger el follomapa y cerrar la puerta detrás de mí.

domingo, 18 de abril de 2010

9 de Enero de 2010. PAULE O MI "MISERY" A LA FRANCESA.



París.
En Dijon me acogió David (Deivid), un coreógrafo estadounidense que ahora traduce textos especializados de danza del francés al inglés. Tiene un pisito chulísimo típico de persona culta, sencilla y tranquila, atiborrado de libros. Tiene estanterías con libros hasta en el lavabo frente al WC.
David me enseñó Dijon y me explicó donde debía ponerme para que me tomara un coche dirección París.
La salida de Dijon pintaba bastante ideal porque a partir de ese punto sólo hay autopista y esta no atraviesa ningún otro núcleo importante que no sea París, por lo que la mayoría de coches que circulaban por ahí llegan directos a la capital en apenas unas horas. No obstante, y a pesar de que conseguí coche antes del mediodía, yo no llegaría a París hasta la noche…
La mujer que me cogió se llama Paule y llevaba un coche viejo y pequeño estilo cuatro latas. Debe tener la edad de mi madre y me trató como una durante todo el viaje. Tenía un aspecto menos cuidado que mi progenitora y llevaba unas gafas redondas que le daban un aire simpático y cómico.
- Entra, entra. ¿Cómo te voy a dejar ahí nevando y con este frío? Y tranquilo, ¿eh? Nunca he tenido un accidente. Tengo que decirte que tardaré en llegar a París porque tengo que comprar un faro nuevo para el coche y quiero pararme a catar vino. ¿Te importa?
- No.
Lo que menos me importaba era lo del vino, claro.
La conversación con Paule fue agradable. Es de Dijon y había bajado para hacer fotos de la nevada y hacerle una visita nostálgica a su región. Me dio pan de especias de Dijon, que es una especie de pan abizcochado dulce súper bueno que le recordaba a su infancia. Con las manos congeladas aún del frío yo fantaseaba con una taza de chocolate caliente para mojar el pan.
Unos cientos de kilómetros después nos llevamos un chasco con lo del vino porqué la granja que hacía la degustación estaba cerrada hasta el 15 de enero. “Bueno, así llegamos antes a París” pensé yo.
De camino al taller para comprar los faros le explicaba a Paule mis prácticas con gitanos rumanos y las visitas a los campamentos. Ella se mostraba muy receptiva, con lo que me creí afortunado por estar acompañado de una filántropa. Pero esa sensación fue degenerando cuando empecé a notar que la mujer relacionaba de manera extraña a mis gitanos con un terreno perdido en un pueblucho a 100 km de París, que quería vender como fuera. Paule pensó que tal vez mi asociación estaría interesada en comprar el terreno para los gitanos. Ante semejante disparate me apresuré en responder que las asociaciones no compran terrenos así como así. Continuó hablándome de su terreno y en un momento dado me dice:
- Venga que vamos en un momento y así me dices si vale como terreno de acogida o no.
Yo estaba ejerciendo de co-piloto y casi se me cae el mapa de las manos. Hacía un rato me había indicado donde estaba el terreno y suponía dar un monstruoso rodeo al este (Como de Barcelona a Girona cuando tienes que ir a Lleida, para que me entendáis)
- Bueno… Ya con lo que me ha dicho yo creo que es muy probable que les interese… Me ha dicho que el terreno tiene agua, electricidad, 150 m2…
- 2000 m2.
- …2000 m2…
...
Esa prueba clara de mi enemistad con el sistema métrico debió aclararle a la señora mi necesidad de ver el terreno antes de hablar.
Yo seguía intentando evitar la enorme pérdida de tiempo que supondría ir al puto trozo de tierra.
- Yo creo que sí… Ya le doy los datos de la asociación y usted llama, no hay ningún prob…
- De todas formas iremos para ver cómo está.- zanjó Paule.

El secuestro no tenía razón de ser. Al llegar, ni siquiera bajamos del coche. La mujer quería meter tropecientas familias de gitanos rumanos mendigantes en un terreno en que cabía una casa, dos columpios y una piscina, en el corazón de una urbanización macro-pija de un pueblo perdido de la montaña. Estaba en manos de alguien que tenía menos luces que su coche. Al fin se contentó cuando le expliqué que era pequeñísimo, que ninguna asociación se arriesgaría a tener problemas con los vecinos de esa manera y que los gitanos en dificultad suelen necesitar una gran ciudad cerca para mendigar.
Con el faro finalmente en nuestro haber y a pesar de que la señora decidió volver a parar en un área de descanso, y de que aferrada al volante, escuchando con fervor la emisora de radio de tránsito nacional sugirió la amenaza de tenernos que quedar toda la noche allí por miedo a la helada en la carretera, llegamos a París a las 20h de la tarde. Mi amiga Hélène me esperaba en su piso.
Fotos: 1. Ocaso en el coche de Paule.
2. Dijon y la bestia.

domingo, 14 de marzo de 2010

7 de Enero de 2010. GINEBRA CON HIELO Y SIN LIMÓN



Dijon.
Empiezo a estar resfriado y está claro que me lo he trabajado. Escoger enero para atravesar los Alpes en autostop puede no ser la mejor opción. A pesar de que ya los he dejado atrás, las predicciones anuncian nieve en toda Francia.
Ayer fue un día típico de turista. Vi los edificios, el río y los puentes de Ginebra. Lo que más me llamó la atención es que no sólo hay puentes de una orilla a la otra del río también los hay a través. Puedes ir de un puente a otro a través de pasarelas, pasadizos y diques de piedra. En esos pasadizos, que ayer por la mañana estaban desiertos, me fui cagando de miedo cada vez que me cruzaba con los Sin techo que se refugian allí.
A parte de eso, turismo ortodoxo: Catedral, lago grande como el mar, Toblerone.
Creo que recordaré Ginebra como una ciudad mágica por lo glacial y estalactítico y hostil por lo mismo.
Y hoy he hecho el que creo será el día más duro de autostop del viaje. De Ginebra a Dijon. La bajada de los Alpes por puertos de montaña. 8 coches, 10 horas de viaje. Estaba tan preocupado porque se me hiciera oscuro (cosa fatal para el autopista) que no he disfrutado de todas las compañías.
Una de las personas más interesantes que me han cogido era un señor muy dicharachero de unos 60 y pico años con bigotazo estilo decimonónico de esos de bigote y patillas sin barbilla. Ha sido el primero en parar para sacarme de Suiza, después de reposicionarme al darme cuenta de que llevaba dos horas poniendo el dedo en el sentido opuesto.
Al hablarle al hombre he notado que voy a acabar muy harto de mi dinámica conversacional autostopista repetitiva si no pongo remedios imaginativos: “Gracias. Sí. Es que soy español. Barcelona. Lo es. A Ámsterdam. En autostop. Paupérrimo pero no lo hago por eso. Educación Social. Parecido a Educación especializada. ¿Conoces CouchSurfing?... (Cogiendo aire) Pues es una comunidad que funciona por internet en que…”
El bigote del hombre se debía a sus aficiones de jubilado alegre y relajado. “Hago teatro lírico, mira uno de los panfletos del asiento de atrás”. Y allí estaba el señor fotografiado entre muchos otros en un panfleto que anunciaba de forma muy bohemia “La Vie Parisienne” con pose de frívolo simpaticón. Al hombre, que hace de varios personajes en la obra, entre ellos de amante de la prota, le costaba de creerse que no conociera “La Vie Parisienne” y se ha puesto a cantarme las estrofas más famosas. Al seguir yo sin reconocer, me ha puesto el CD de una grabación en directo con el que ensaya cuando va en coche y al seguir yo con mi cara impertérrita de "no me cosco de qué me hablas" ya se ha rendido.
La segunda persona interesante eran en realidad dos en el mismo coche y no tan interesantes. Lo guay es que uno de ellos era un viejito tibetano auténtico pero sus limitaciones lingüísticas han impedido que le hiciera todas las preguntas que hubiera querido. El otro era un francés de unos 35. Cuando le he preguntado al tibetano qué hacía en Francia ha intentado contármelo con su francés precario y ha sacado el tema de que es budista y ha venido por temas relacionados con eso y le he dicho que el budismo me parece muy interesante. Entonces el tibetano ha asentido sabiamente y se ha callado ya para todo el rato (estaría meditando) y el que se ha puesto a rajar por los codos es el francés, paradójicamente empezando casi todas las frases por “Es que los occidentales…”.
Del resto del viaje he disfrutado menos como he dicho por miedo a la noche. He subido a Chateau-Châlon, un pueblo que hay encima de una montaña y he dado una vuelta rápida. Es un pueblo tan pequeño que me daba miedo que nadie fuera a salir de él en coche. Estaba escribiendo el cartel cuando por primera vez en un buen rato he oído ruido de motor. Y me he girado con tanta convicción y brío que el conductor ha tenido que bajarme de la montaña, aunque visiblemente en contra de su voluntad. Quizás para vengarse me ha dejado en plena carretera donde los coches iban a 100 km/h.
Cuando pasaba un camión se me volaba la pizarra de lo encañardados que iban. He conseguido salir de ahí y unas horas después con mucha suerte y un guante y un gorro de lana perdidos para siempre he llegado a Dijon, de noche.
Fotos: Château-Chalon
Ginebra con hielo y sin limón.

miércoles, 3 de marzo de 2010

6 de Enero de 2010 (2). RARO RARO RARO


Ginebra.
El chico que me alberga en su casa de Ginebra, Soolen, resulta ser un alemán enfermizamente tímido, por no decir raro de cojones. Me lleva a la Galérie, un bar asociación muy molón donde se venden las birras más baratas de la ciudad. El local está en un edificio antiguo y no muy alto, en una calle tranquila y harmoniosa del centro. Antes de abrir la puerta debes abrir una verja que da un pequeño patio de piedra. La nieve cubriendo el exterior y la calidez de la luz y la madera en el interior, vista a través de grandes ventanas de cuatro paneles hacen pensar en el taller de Gepetto, el padre de Pinocho. El ambiente dentro del local es parecido al de la Bretelle aunque con un aire más joven, más “hippy-asociación-refugio de montaña”. La excusa del evento es que dos de sus miembros van a improvisar con sus guitarras eléctricas.
Más que lo exacto y preciso de los suizos, el funcionamiento de la barra evoca lo caótico de una asociación. Por poner un ejemplo el precio de los vinos oscila según a qué miembro del claramente sobrecargado equipo de camareros se lo pidas y de la noción del cambio euro-franco suizo que tenga este. Hay claramente dos facciones: la pesetera y la derrocho-festiva. Uno de los camareros de este último grupo, que se parece una barbaridad a Popeye, es un hombre mayor y arrugadísimo con gorra de marinero que está borracho como una cuba. Al oírnos al alemán y a mi hablar en francés decide que somos quebequeses (de Canadá) y yo intento explicarle que no es así, hasta que propone invitarnos varias veces mientras imita “nuestro acento tan gracioso” para celebrar nuestra francofonía común. Vive le Français, alors! Lástima que luego la facción pesetera nos cobre a sottovoce con carácter retroactivo.
Y todo eso es muy normal si lo comparamos con el comportamiento de mi acompañante, el alemán, al que ya he anunciado raro como un perro verde. De él todo me parece aceptable hasta que al volver del lavabo descubro que ha sacado de su bolsa un dosier gordísimo que está leyendo. Le pregunto qué lee queriendo en realidad decir “Pero ¿qué coño haces?”. Es el plan de movilidad sostenible que ha propuesto el ayuntamiento. Ah. Luego descubro que se ha deprimido porque esperaba otros couchsurfers en el bar y le turban todos esos desconocidos que... no conoce...
Viendo el percal me pregunto cual es mi cámara. Una vez acabada una animada conversación con los camareros, me quedo un poco solo. Decido empezar a hablar con un rubito con pinta de majo que hay a mi lado. Decido romper el hielo con los siempre eficaces comentarios sobre lo directamente observable en el ambiente. Por ejemplo, en aquel caso, la improvisación con guitarra que estabamos disfrutando: “¿No te da la impresión de que es la misma canción desde el principio de la noche?”
El chico se ríe mucho con lo que deduzco que sí, le da la impresión, pero contesta que los que tocan son sus mejores amigos, con lo que la conversación no dura mucho más.
Soolen y yo no tardamos en volver en tranvía a su casa.
En la foto: Popeye empapado de vino.

lunes, 8 de febrero de 2010

6 de enero del 2010. LA MUJER VIVIDA Y EL HOMBRE SIN LUZ EN TODOS LOS PISOS


10:30
Ginebra.
El bar gay cuya apertura esperaba ayer resulta ser un nidito bohemio agradable y sencillo. Me gusta la música, la luz y enseguida me siento cómodo con la gente que hay dentro. Me instalo en una mesa. A mi derecha un chico que lee un libro. A mi izquierda más inmediata una chica que come una especie de cosa con una pinta asquerosa pero sanísima. A la izquierda más allá una pareja de lesbianas muy bonicas.
Todos excepto el chico que lee estamos dispuestos físicamente de forma abierta a la barra haciendo una especie de semicírculo. Detrás de la barra una chica de trato muy agradable y dos clientes que, enseguida noto, son los personajes principales de la comedia que está a punto de empezar. La propia composición del cuadro lo sugiere.
Uno de esos personajes es una mujer robusta con pinta de haber llevado mala vida y el otro un hombre negro claramente ebrio o en todo caso, como dicen los franceses, “sin luz en todos los pisos”.
El ambiente es extremadamente agradable a pesar de que entre sus elementos (la luz, el sabor del vino blanco que tomo y la música calurosa y sencilla que escucho) empiezo a oír una discusión proveniente de la barra. La camarera le está diciendo al hombre que le parece muy desagradable lo que le está diciendo. Se lo dice como quien habla a un amigo.
Poco a poco se eleva el contenido de la conversación, que no el tono, y la camarera le dice al hombre que "ya le está rallando" y que acabe su consumición y se largue. Entonces el hombre en lugar de irse empieza a pedir perdón y a alargar la conversación. La señora vivida de la barra interviene entonces y le pide también que se largue. Entonces el hombre vuelve con su etílico perdón y anuncia con dedo acusador que se va, no sin antes informarnos de que sabe lo que está pasando ahí: “Rengo que deciretero… Re has abugueresado”.
La camarera le mira con paciencia pero con una mirada semi-vacía que sugiere “no tengo más preguntas señoría”. Entonces la mujer vivida eleva el tono y le dice al hombre, decisiva: “¡Que te largues!”.
Y el hombre se va.
...
La primera en intervenir tras un breve silencio es la que come la cosa rara a mi lado. Dice “bravo”. Y al mirárnosla todos con interrogación se siente obligada a explicarse: “Por echarle. Has tenido mucho temple”. Las lesbianas están de acuerdo. Una de ellas dice que en situaciones como las acabadas de observar nadie se siente capaz de actuar pero que a la hora de la verdad actúas.
La mujer de la barra nos cuenta el detonante de la discusión. Al parecer todo iba bien hasta que el hombre ha dicho que "estaba seguro de que si la camarera fuese su mujer, le pegaría". Ahí la camarera se ha irritado y a pesar de los esfuerzos romántico-matizantes del hombre que ha añadido que "de todos modos, está seguro que se querrían tanto que la camarera no le denunciaría nunca a la policía", la chica se ha cargado optado por la intransigencia y ha empezado a echarle.
Al oír la historia completa la conversación del bar se convierte en un acalorado cineforum entre feministas, hacia el final del cual decido dirigirme a la barra a pagar ya que he quedado a las 19h en el centro con el chico que me alberga en Ginebra. La camarera hace su trabajo sin dejar de hablar con indignación del tema y al ver que después de haber pagado no me voy me dedica junto a la mujer vivida una mirada que significa “¿Qué quieres, sucio hombre?”.
Yo pido el nombre de una canción que ha sonado y su intérprete. Se trata de “Faites pas ci, faites pas ça” de Jacques Dutronc y me voy del bar preguntándome cuando tendré la oportunidad de escucharla en internet.
En la foto: la mujer vivida

viernes, 5 de febrero de 2010

5 de Enero del 2010. SALIENDO DE GRENOBLE


Las 18h.
Ginebra. Esperando a que abran “La Bretelle”, un sitio gay con buena pinta. He llegado a Suiza en cuatro coches desde Grenoble:
El primero lo llevaba un chico de origen argelino que me ha informado sin reparo de que las mujeres españolas son unas cachondas que viven del sexo de pago. "Lástima", ha seguido con su análisis, "que el negocio de la droga ya no sea rentable en España" porque resulta que los camellos van a medias con los aduaneros y dan el chivatazo de matrícula de los minoristas a los que venden droga y así se quedan con lo que les han dado por la droga y, además, a cambio de ir a medias con los aduaneros la mercancía vuelve a sus manos. Según este chico me parezco a un actor americano de cine de acción. No recuerda el nombre. Casi que mejor.
Mi segundo acompañante ha sido un ex militar que se salió del ejército porque estaba harto de decir “Sí, señor” y no pensar. Me ha contado el origen de la Fondue, que es savoyarda, ¡no suiza! Los pastores se iban con pan y con queso a trabajar. Al volver el pan que sobraba estaba duro y el queso revenido. Entonces lo aprovechaban todo haciendo líquido el queso fundiéndolo en vino blanco y mojaban ahí el pan.
En el peaje de Chambéry, después de esperar más de dos horas me ha cogido una mujer muy seria que justo después de decir "hola" me ha hecho notar que mi cartel en folio DINA 4, escrito con boli Bic es muy pequeño y que no se ve. Le he enseñado mi macro-pizarra blanca donde tenía pensado escribir todos mis destinos en tamaño gigante y le he explicado que el rotulador no furula. Entonces la mujer continuando fiel a su estilo lacónico se ha limitado a abrir su bolso y ha sacado como miles de rotuladores de pizarra blanca. Le he preguntado si es profe. Da una formación de Derecho Social y me ha dado un rotulador.
La última chica ha sido la más graciosa. Curiosamente la única suiza que me ha tomado. Antes de arrancar me ha hecho una serie de preguntas con el objeto clarísimo de determinar si soy un maniaco inestable.
Y cuando sorpresivamente ha arrancado, se ha pasado un cuarto del trayecto preguntándose a sí misma en voz alta qué impulsos le han llevado a recogerme y otro cuarto intentando responderse a ella misma. La otra mitad, estando ya aparentemente satisfecha con la coherencia de su conducta, la ha dedicado a contarme el viaje del que llegaba, desde la isla de Guadalupe en el que le han perdido las maletas. Le encanta la idea del CouchSurfing y le fascina la idea de mi viaje. Y así, ¡He llegado a Ginebra!¡Bien!