Dijon.
Empiezo a estar resfriado y está claro que me lo he trabajado. Escoger enero para atravesar los Alpes en autostop puede no ser la mejor opción. A pesar de que ya los he dejado atrás, las predicciones anuncian nieve en toda Francia.
Ayer fue un día típico de turista. Vi los edificios, el río y los puentes de Ginebra. Lo que más me llamó la atención es que no sólo hay puentes de una orilla a la otra del río también los hay a través. Puedes ir de un puente a otro a través de pasarelas, pasadizos y diques de piedra. En esos pasadizos, que ayer por la mañana estaban desiertos, me fui cagando de miedo cada vez que me cruzaba con los Sin techo que se refugian allí.
A parte de eso, turismo ortodoxo: Catedral, lago grande como el mar, Toblerone.
Creo que recordaré Ginebra como una ciudad mágica por lo glacial y estalactítico y hostil por lo mismo.
Y hoy he hecho el que creo será el día más duro de autostop del viaje. De Ginebra a Dijon. La bajada de los Alpes por puertos de montaña. 8 coches, 10 horas de viaje. Estaba tan preocupado porque se me hiciera oscuro (cosa fatal para el autopista) que no he disfrutado de todas las compañías.
Una de las personas más interesantes que me han cogido era un señor muy dicharachero de unos 60 y pico años con bigotazo estilo decimonónico de esos de bigote y patillas sin barbilla. Ha sido el primero en parar para sacarme de Suiza, después de reposicionarme al darme cuenta de que llevaba dos horas poniendo el dedo en el sentido opuesto.
Al hablarle al hombre he notado que voy a acabar muy harto de mi dinámica conversacional autostopista repetitiva si no pongo remedios imaginativos: “Gracias. Sí. Es que soy español. Barcelona. Lo es. A Ámsterdam. En autostop. Paupérrimo pero no lo hago por eso. Educación Social. Parecido a Educación especializada. ¿Conoces CouchSurfing?... (Cogiendo aire) Pues es una comunidad que funciona por internet en que…”
El bigote del hombre se debía a sus aficiones de jubilado alegre y relajado. “Hago teatro lírico, mira uno de los panfletos del asiento de atrás”. Y allí estaba el señor fotografiado entre muchos otros en un panfleto que anunciaba de forma muy bohemia “La Vie Parisienne” con pose de frívolo simpaticón. Al hombre, que hace de varios personajes en la obra, entre ellos de amante de la prota, le costaba de creerse que no conociera “La Vie Parisienne” y se ha puesto a cantarme las estrofas más famosas. Al seguir yo sin reconocer, me ha puesto el CD de una grabación en directo con el que ensaya cuando va en coche y al seguir yo con mi cara impertérrita de "no me cosco de qué me hablas" ya se ha rendido.
La segunda persona interesante eran en realidad dos en el mismo coche y no tan interesantes. Lo guay es que uno de ellos era un viejito tibetano auténtico pero sus limitaciones lingüísticas han impedido que le hiciera todas las preguntas que hubiera querido. El otro era un francés de unos 35. Cuando le he preguntado al tibetano qué hacía en Francia ha intentado contármelo con su francés precario y ha sacado el tema de que es budista y ha venido por temas relacionados con eso y le he dicho que el budismo me parece muy interesante. Entonces el tibetano ha asentido sabiamente y se ha callado ya para todo el rato (estaría meditando) y el que se ha puesto a rajar por los codos es el francés, paradójicamente empezando casi todas las frases por “Es que los occidentales…”.
Del resto del viaje he disfrutado menos como he dicho por miedo a la noche. He subido a Chateau-Châlon, un pueblo que hay encima de una montaña y he dado una vuelta rápida. Es un pueblo tan pequeño que me daba miedo que nadie fuera a salir de él en coche. Estaba escribiendo el cartel cuando por primera vez en un buen rato he oído ruido de motor. Y me he girado con tanta convicción y brío que el conductor ha tenido que bajarme de la montaña, aunque visiblemente en contra de su voluntad. Quizás para vengarse me ha dejado en plena carretera donde los coches iban a 100 km/h.
Cuando pasaba un camión se me volaba la pizarra de lo encañardados que iban. He conseguido salir de ahí y unas horas después con mucha suerte y un guante y un gorro de lana perdidos para siempre he llegado a Dijon, de noche.
Fotos: Château-Chalon
Ginebra con hielo y sin limón.